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López Obrador, “democrático y místico” ¿?



Diario de Yucatán, Edición electrónica

Acercando México a Dios Enrique Krauze La oficina del señor Krauze nos envió anteayer lunes el siguiente artículo publicado el 28 de junio en The New York Times. Su actualidad y vigencia son evidentes a la vista de los sucesos actuales Si Andrés Manuel López Obrador, el candidato que encabeza las encuestas, resulta triunfador en las elecciones de este domingo, podría inaugurar una variante inédita en la izquierda latinoamericana, la del populismo mesiánico. La frágil democracia mexicana podría convertirse en su primera víctima. Fuera de México, la gente se pregunta si López Obrador es un Chávez, un Evo Morales u otro Lula. En realidad no se parece a ninguno. Su liderazgo no tiene el puño militar del Comandante Chávez ni las raíces indigenistas de Morales. Tampoco se asemeja al de Lula, de quien se ha dicho que, como antiguo líder sindical, está acostumbrado a negociar y “sabe el valor de un 10%”. López Obrador es distinto: siempre busca el 100%. Y tiene modelos más altos.

A principios de 2006, el conductor Joaquín López Dóriga le preguntó qué religión profesaba, a lo que López Obrador respondió: “Soy católico, fundamentalmente cristiano, porque me apasiona la vida y la obra de Jesús; fue perseguido en su tiempo, espiado por los poderosos de su época, y lo crucificaron”. Sorprendido (A Jesús nunca se le menciona en la política mexicana), el entrevistador preguntó si implicaba algún paralelismo. López Obrador replicó: “No, para nada, lo estoy planteando porque a veces se olvida eso”. Muchos sintieron que su intención era ganar el corazón del religioso pueblo mexicano. Otros pensamos que sus palabras reflejaban sinceramente el concepto que López Obrador tiene de sí mismo.

Él admira a Jesús porque cree que la vida de Jesús se parece a la suya: “Yo estoy convocando a un movimiento de conciencia, un movimiento espiritual … —dijo a un reportero en 2004—, mucha gente que me ve, gente humilde, que dice que está orando... soy muy democrático y muy místico”. Millones de personas de condición humilde en el centro y sur del país ven en él lo que él ve en sí mismo: un “hombre maná” que proveerá gratuitamente a los pobres con dinero en efectivo y todos los servicios de un gran estado benefactor. Su retórica está teñida de referencias teológico-políticas: ha repetido que “purificará la vida nacional” abriendo una nueva era de “trascendencia histórica” en la que “los de arriba”, “los del dinero”, dejarán de oprimir a “los de abajo”. Hay que creerle: es un hombre de palabra.

Es absolutamente loable que López Obrador haya colocado el combate a la pobreza en el centro de su proyecto social. Pero sus números no cuadran. Ha repetido, por ejemplo, que los financiará con 9 mil millones de dólares anuales que ahorrará del presupuesto al reducir los sueldos o despedir a la alta burocracia. Si se disminuyera a la mitad el sueldo de los altos 4,000 funcionarios en el Poder Ejecutivo federal, se obtendrían apenas el 4% de esos recursos. López Obrador ha anticipado la revisión del capítulo agrícola del TLC y el subsidio a los exportadores con combustible barato (práctica prohibida por ese tratado); ha manifestado que “permitirá” la inversión privada extranjera y nacional, pero nunca en áreas estratégicas que la requieren con urgencia, como el petróleo y el gas. En su plataforma abundan los planes irrealizables: un programa de microcréditos para el autoempleo (muy promisorio en sí mismo), pero destinado supuestamente para atender a 8 millones de personas (cuando el exitoso Grameen Bank de Bangladesh ha alcanzado a cerca de 6 millones desde 1976); dos trenes bala de la ciudad de México a la frontera norte (no sólo carísimos, sino enfrentados a la competencia de la aviación comercial y las líneas aéreas de bajo costo).

Pero más preocupante que su programa económico es su mesianismo político: podría socavar a la democracia. Como ha explicado recientemente en el diario Reforma el escritor mexicano Gabriel Zaid, López Obrador —antiguo miembro del PRI como muchos otros miembros del PRD actual—, buscaría volver a los viejos tiempos del PRI en que la presidencia controlaba el Legislativo, el Judicial, los recursos naturales, las empresas estatales, el sistema electoral, la política monetaria, el Presupuesto federal y los límites de la libertad de expresión. Pero el proceso contendría una novedad perturbadora: la presidencia de López Obrador no sería institucional, como las tradicionales del pasado, sino ligada a su carisma personal. Una de sus propuestas más insistentes es la de introducir en la Constitución la figura del referéndum y el plebiscito para que a la mitad de su mandato (en 2009) “el pueblo” decida si se va o se queda.

A sabiendas de que —como ha dicho— tomará diariamente el micrófono para informar sobre la marcha de su gobierno, uno puede imaginar el resultado de esos plebiscitos. Y a partir de allí, ¿quién podría evitar su reelección indefinida (prohibida en la actual Constitución), o su permanencia detrás del trono, si “el pueblo” se la exige? La redención no se logra en seis años, un Mesías necesita tiempo. Ante la posible derrota del anticarismático candidato del PRI, Roberto Madrazo, el principal contrincante de López Obrador es Felipe Calderón, el candidato del PAN. Ahí donde López Obrador es fuerte, Calderón es débil: no ha trasmitido una preocupación genuina por los pobres. Su proyecto económico es más coherente.

Abogado con estudios en la Kennedy School, Calderón busca reformar las viejas estructuras corporativas y la tradicional mentalidad introspectiva para que México se labre (como en su momento hicieron España, Chile o Irlanda, países afines, católicos, y hasta hace poco atrasados) un nicho competitivo en la globalización y así genere los empleos y el crecimiento que con tanta urgencia necesita. Calderón ha adelantado que, en caso de ganar, convocará a un gobierno de coalición con el PRI y aun con el PRD. La victoria de Calderón no parece imposible pero, de producirse, enfrentará grandes escollos. López Obrador ha dicho que admitirá los resultados, “pero” ha advertido contra posibles irregularidades en el proceso y criticado al Instituto Federal Electoral. En días recientes señaló que existe “la tentación de cometer un fraude”. Todo esto aumenta el temor de que no reconocerá una derrota que no fuese por un margen significativo, digamos de un 5%. Si López Obrador disputara el eventual triunfo de Calderón en las calles y en los tribunales, el PRI probablemente se sumaría a la protesta. Si el tribunal electoral no declara un ganador, el 1 de diciembre de 2006 podría haber un presidente sustituto nombrado por el Congreso, que tendría que convocar a elecciones.

El país viviría una volatilidad política permanente y sus instituciones electorales podrían caer en el descrédito. Sería un retroceso grave para la democracia. Pero, ¿sería más grave que la victoria de López Obrador? “México no se consuela aún de no haber sido una monarquía”, me dijo en sus últimos años, con gran tristeza, el poeta Octavio Paz, Premio Nobel de Literatura. Tal vez sus palabras resultarán proféticas. Pero a la larga México no hallará consuelo en una monarquía absoluta con ropajes democráticos y ambiciones mesiánicas.—

México, D.F. lsoria@letraslibres.com

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