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El mesias, Lider o Leyenda ...

Columnas - El Universal - Columnas

Estrictamente personal
Raymundo Riva Palacio
31 de julio de 2006

En la radicalización, Andrés Manuel López Obrador se juega su futuro, el del PRD y de 15 millones de personas que votaron por él

E n medio del mar de simpatizantes y leales que se le entregan con convicción o lo aclaman por seducción, Andrés Manuel López Obrador se encuentra en el mejor de sus mundos. La víctima irredenta, el hombre que siempre enfrenta agresivamente a los poderosos y que a través de sus palabras, de sus gestos y de sus acciones los ha venido derrotando desde hace más de tres lustros, siempre vuela a la velocidad de la luz del nadir al cenit. No hay pierde con él. Hoy está en esa cresta, luchando ya no por ser el presidente de México, como retóricamente lo afirma, sino para impedir que su adversario Felipe Calderón jamás se siente en la silla presidencial.

En el zócalo de la ciudad de México, el corazón político del país, la sangre bulló este domingo, generando un metabolismo de protesta por una elección que señala López Obrador como fraudulenta y que lo colocó en la esquina de su predilección. Se ha despojado de los formalismos y protocolos, y esa mirada tan suya hacia el infinito parecía subrayar la misión para la cual siempre se preparó: agitar a la nación. Cuál es el sentido, se puede responder con la pregunta ¿quién realmente lo sabe? ¿Cuál es el objetivo? Su futuro. El dilema es sobre la definición de ese futuro. ¿Qué quiere ser López Obrador? Tiene dos caminos: ser líder o leyenda.

Pero en cualquier caso, la decisión no fue tomada este domingo, ni los días previos. La decisión, de acuerdo con personas cercanas a él, la tomó desde el mismo 2 de julio, antes de que la medianoche cerrara la jornada electoral. Desde las seis de la tarde de ese domingo, lo que ha venido sucediendo en las últimas semanas comenzó a cocinarse. Un punto de arranque importante fue la llamada telefónica del coordinador de la campaña de López Obrador, Jesús Ortega, al coordinador político de la campaña de Roberto Madrazo, Manlio Fabio Beltrones, para presionarlo a que no levantaran la mano de Calderón como vencedor de la elección, y para que respaldaran a su candidato. Beltrones dijo no a ambas peticiones, pero le sugirió que no fueran a dejar vacíos los espacios políticos y mediáticos, porque entonces no tendrían márgenes algunos de protesta.

No lo decía, pero esa fue una sugerencia reciclada de otra elección presidencial, cuando en el cuarto de guerra del entonces candidato Carlos Salinas, decidieron que tras la dura jornada del 6 de julio de 1988, saldrían al día siguiente a los medios para respaldar políticamente su victoria. Fueron a los medios, buscaron el respaldo de todo tipo de organizaciones, demandando su apoyo en desplegados y acotaron la protesta de Cuauhtémoc Cárdenas y Manuel Clouthier. La sugerencia fue tomada. Poco después se realizó la primera convocatoria de perredistas al zócalo, y López Obrador aseguró que habían ganado la elección por más de 500 mil votos. Cerca de las 11 de la noche del 2 de julio, en su mente lo tenía totalmente claro. ¿La Presidencia? No, la oposición. Llamó a la Secretaría de la Defensa para solicitar que le retiraran la escolta militar, e igual lo hizo en Gobernación para que se le quitara la civil. El pueblo, dijo, sería quien lo protegería. Dibujó verbalmente lo que haría: marchas, protestas, plantones, mítines y, llegado el caso, bloqueos y tomas de instalaciones. Todo para evitar la unción de Calderón como presidente electo. "Sobre mi cadáver", lo escuchó decir uno de sus consejeros.

Desde entonces, ha venido construyendo la duda razonable sobre la limpieza de la elección. Ha contado con la torpeza política del presidente consejero del Instituto Federal Electoral, Luis Carlos Ugalde, al mostrar un órgano bastante desarticulado donde funcionarios de nivel hacen lo que les place. De su fracaso comunicativo, ni hablar. Ha sido proverbial. También con la del presidente Vicente Fox, quien hace declaraciones a la medida de López Obrador para seguir alimentando el discurso del odio, contando con la contribución del equipo de Calderón, que no ha sabido articular respuestas inteligentes para neutralizar la metralla mediática que han recibido. Una vez más, todos al terreno preferido por López Obrador, el victimado de los poderosos, que lo maneja a sus anchas.

Sin embargo, no todo es un camino terso. La beligerancia de su discurso y el de varios de sus cercanos ha tensado las relaciones hacia el interior del PRD. El propio López Obrador ya desplazó a los integrantes de su cuarto de guerra y está empezando a discutir algunas ideas con otro equipo para trazar la nueva estrategia. Entre las propuestas está la de iniciar una huelga de hambre, tan pronto como salga el fallo del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, que creen les será negativo, con el propósito de frenar brotes de violencia que estiman sí se desatarán. Esta violencia es la que no gusta hacia el interior del PRD, a cuyos nuevos legisladores les ha pedido que no recojan sus constancias de mayoría.

Los nuevos legisladores han rechazado en su mayoría la petición, no sólo por el riesgo de perder el capital electoral ganado sino, en buena medida, porque son políticos profesionales que viven, precisamente, de las dietas. Pero su candidato ya los presionó a ser ellos quienes encabecen la resistencia en el país.

La violencia es algo que no desean que suceda, pero están atrapados en este momento por el caudillaje de López Obrador. Lo que tienen en mente los nuevos legisladores del PRD es acudir a la instalación de las cámaras y jugar parlamentariamente, al igual que, en otros niveles, aquellos que ganaron puestos de elección popular en los diversos niveles del Ejecutivo. No parece estar este escenario en la cabeza de López Obrador, quien adelantó en televisión que él es el presidente de México. Lo que empezó como un juego de palabras, de alguna manera define también la siguiente parte de la estrategia. Más allá del fallo del tribunal electoral, él se proclamará el presidente legítimo y si la decisión legal le es adversa, la huelga de hambre es la siguiente fase. Si esto sucede, transitará de la posibilidad de ser un líder a leyenda.

Este domingo demostró que tiene los arrestos de líder, y sería una tragedia que un político con esas características despilfarrara todo el potencial que tiene para convertirse en una leyenda que aportaría mucho al folclor mexicano como Pedro Infante o El Tigre de Santa Julia, pero poco para el desarrollo nacional. El país -con sus 15 millones de votos y demandas reales- y el PRD lo necesitan como líder, como un político duradero de largo aliento, y no como una figura efímera que pasará al cajón de lo anecdotario. López Obrador se encuentra en este dilema, aunque quizás no se haya dado cuenta. Pero de su solución dependerá su futuro, el del partido y el de una propuesta programática que necesita apuntalarse para que no se cancele por causa, nuevamente, de sus errores tácticos.

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