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Seguimiento del paso de este populista antes de las elecciones en México, los complós y demas sueños guajiros.


Itinerario Político: Ricardo Alemán



Columnas - El Universal - Columnas

El "voto por voto", un intento por reeditar las ´concertacesiones´

Intelectuales y académicos, por regresar a los acuerdos políticos

P or increíble que parezca y por absurdo que se antoje, intelectuales mexicanos de renombre, académicos que gozan del favor mediático, y hasta reconocidos periodistas -más que los propios políticos que fueron derrotados en las urnas-, parecen empeñados en que la crisis política derivada del 2 de julio se resuelva mediante los viejos métodos, al más puro estilo del viejo PRI; mediante la negociación política, lo que no es más que un peligroso y hasta ridículo salto al pasado.



Al amparo de la supuesta legitimación que daría el recuento del "voto por voto", y mediante la exaltación del refranero popular en su reconocido "el que nada debe nada teme", no sólo los derrotados en las urnas, sino sus apologistas intentan convencer "al respetable" de que en la política mexicana, y sobre todo en los procesos electorales mexicanos, no hay de otra que la negociación política. Según la versión de muchos de ellos, las instituciones ya no sirven, es necesario jubilarlas y, por tanto, se debe regresar a los tiempos de la negociación política.

Así, dicen, sería prudente que se haga el recuento, voto por voto, para recuperar la credibilidad perdida.

De lo contrario, insisten, el nuevo presidente será un presidente sin credibilidad. Y por supuesto que el razonamiento parece de sentido común. Pero hay un pequeño, muy sutil y, si se quiere, hasta insignificante detalle. Que no se puede defraudar a más de una generación de mexicanos -los que en 1968 eran jóvenes, que dieron la vida por la convivencia democrática, que se expresaron contra los arreglos políticos y las negociaciones extralegales, y los nacidos luego de esa dolorosa experiencia política y social-, que hicieron su parte para terminar con las prácticas políticas antidemocráticas, propias de regímenes autoritarios y dictatoriales, para que ahora un puñado de políticos, intelectuales, académicos y periodistas propongan un salto al pasado.

Lo que resulta absurdo, y hasta ridículo, es que aquellos que debieran empeñar su intelecto, su sabiduría, sus capacidad mediática a favor de los principios de la democracia, le den la espalda a la razón, a la sensatez y hasta a la verdad, para defender no la diversidad de ideas, sino su muy particular interés político. No es extraño, por eso, que todos o casi todos los que reclaman el "voto por voto", de entre intelectuales, académicos y periodistas, sean aquellos que apostaron todo su capital por un candidato; el que resultó derrotado. Y junto con la penosa exhibición que todos los días -posteriores al 2 de julio-, nos ofrece ese candidato perdedor, se confirma que el tiempo pone y pondrá a cada quien en su sitio.

Tabasco y Guanajuato

Acaso por eso valga recordar los momentos político-electorales que marcaron el nacimiento de algunos de los actores centrales en la actual crisis política: Vicente Fox, Felipe Calderón, Andrés Manuel López Obrador y Roberto Madrazo Pintado.

En el primer caso, el agricultor y empresario guanajuatense buscó la gubernatura de su tierra adoptiva, Guanajuato, en agosto de 1991. Luego de una intensa campaña electoral, su adversario, Ramón Aguirre Velásquez, uno de los preferidos del salinismo, se alzó con un cuestionable triunfo. El candidato Vicente Fox, con el respaldo de su partido, el PAN, rechazó el resultado electoral, movilizó a la población y luego de la elección, convocó a una resistencia civil, activa pero pacífica, que terminó cuando el presidente Salinas ordenó una negociación que le dio nombre a los acuerdos políticos extralegales; la concertacesión en Guanajuato. Ramón Aguirre renunció a su triunfo, en su lugar llegó un gobernador interino, Carlos Medina -quien se encargó de llevar a cabo una moderna ley electoral para regular las elecciones con principios democráticos-, en tanto que Vicente Fox se preparaba para regresar al gobierno estatal, lo que consiguió en la elección siguiente.



Con ideólogos como Carlos Castillo Peraza y con operadores políticos como Diego Fernández de Cevallos, el Partido Acción Nacional inició las llamadas concertacesiones, que no eran otra cosa que arreglos políticos, extralegales, para dar una solución política, al margen de la ley, a los conflictos políticos electorales. Años antes, en 1988, el mismo PAN había legitimado al ilegítimo gobierno de Carlos Salinas, también con un acuerdo político que inauguró el ingreso del PAN a los poderes estatales, gracias a negociaciones políticas, nunca bajo el imperio de la ley. En ese 1991, nació el liderazgo político de Vicente Fox, quien años después, como todos saben, llegó a la Presidencia de la República. A su vez, hasta antes del año 2000, como todos saben, el sueño de Andrés Manuel López Obrador era la gubernatura de Tabasco. En 1994 se enfrentó, por segunda ocasión, a su ex partido, el PRI, que seis años antes ya lo había derrotado.

En ese año AMLO compitió nada menos que con Roberto Madrazo, el tramposo político tabasqueño, símbolo del viejo PRI, que invirtió todos los recursos políticos y económicos necesarios para quedarse con el gobierno estatal. Se comprobó que Madrazo gastó tanto dinero para ser gobernador, como el invertido por el candidato estadounidense, Bill Clinton, para ser presidente de EU.

Madrazo llegó al gobierno de Tabasco al mismo tiempo que Ernesto Zedillo se convirtió en presidente de los mexicanos. Era claro que la contienda electoral en Tabasco había sido todo menos democrática y legal. Se justificó, por eso, la movilización que emprendió López Obrador.

 En esos tiempos era común la negociación política, que en el pasado reciente había inaugurado Carlos Salinas. Por ello el PRD y grupos ciudadanos se propusieron negociar Tabasco. El presidente Zedillo aceptó una negociación y, a través de su secretario de Gobernación, Esteban Moctezuma, aceptó sacar a Madrazo de Tabasco y entregar la plaza al PRD. Era una negociación política, al margen de las parciales leyes electorales, pero también era una forma de resolver por la vía de la política, no de la aplicación de la ley, los conflictos políticos.



Pero al final de cuentas, y por las razones que se quiera, Madrazo "reculó" de su acuerdo inicial, y se negó a dejar el gobierno estatal. En ese lance nació el liderazgo de Roberto Madrazo; un liderazgo que le valió convertirse en presidente del PRI -en 2002-, y posteriormente candidato presidencial. En esos acuerdos con Ernesto Zedillo participó de manera activa López Obrador, quien ya como presidente del PRD siguió negociando con el PRI posiciones de poder, como las gubernaturas de Zacatecas, Tlaxcala y otras. La negociación política, por sobre el respeto a la ley, eran la divisa para el PAN -entonces jefaturado por Felipe Calderón-, y para el PRD; lo fueron lo mismo para Fox que para AMLO.



Y en efecto, hasta antes de 1996 -fecha en que se crea el IFE ciudadano, en que aparece el Tribunal Electoral como lo conocemos, y que una reforma política hizo posible las elecciones creíbles y confiables-, no había mucho margen de maniobra para los actores políticos, ya que los procesos electorales eran manejados por el gobierno en turno, siempre en manos del PRI, y por eso la negociación política suplió a la contienda político-electoral democrática. Pero hoy, cuando ya existe un IFE en manos de los ciudadanos, cuando las elecciones no son manejadas y controladas por el gobierno, son muchos; políticos, intelectuales, académicos y periodistas que parecen no querer dejar atrás las viejas formas, los viejos estilos, y llaman a los acuerdos políticos, por encima de las reglas electorales y de las instituciones creadas precisamente para acabar con esas formas extralegales.



Crisis inventada

Pero lo que más sorprende es que una buena parte de los intelectuales y académicos que antaño se decían promotores de la democracia electoral, de la fortaleza institucional como condición para la selección de los políticos que ocuparían puestos de elección popular, hoy se presenten como amnésicos y hasta ignorantes de lo que está ocurriendo, y se sumen a las cargadas de quien dice que fue víctima de un horrible complot, que inventa que todos, hasta los astros están en su contra, y que las instituciones electorales son "una porquería". Y claro, no se trata de ignorantes que desconozcan lo que está ocurriendo.

Esos intelectuales y académicos prefieren poner la pasión por sobre la razón, porque son incapaces de reconocer su equívoco. Lo que importa es su interés personal, más que la realidad.

Unos pocos, cuya cordura y congruencia está forjada a toda prueba, saben y explican que la crisis creada en torno al proceso electoral del pasado 2 de julio es producto de una estrategia política de quien resultó derrotado en las urnas. El primero y más significativo golpe de imagen, credibilidad y certeza contra el IFE lo dio precisamente López Obrador, al utilizar como instrumento político de manipulación y engaño una práctica que venía de elecciones anteriores. Es decir, las inconsistencias de casillas que por la razón que se quiera no podían ser incorporadas en el recuento parcial. A partir de esa mentira, la de que el IFE habría escondido 3 millones de votos supuestamente para favorecer al candidato Felipe Calderón.



El impacto de esa mentira -que se la tragaron sin saber de lo que se trataba no sólo los periodistas nacionales, los corresponsales extranjeros, sino una buena porción del electorado-, fue el combustible que incendió la pradera electoral y marcó el inicio de una crisis política soportada en un engaño monumental, del tamaño del descrédito de las elecciones de los tiempos del viejo PRI. A ese engaño siguieron otros, igual de manipulados, que se convirtieron en el mejor instrumento de los derrotados no para justificar que en las urnas el voto mayoritario no los favoreció, sino para demoler la credibilidad en las instituciones electorales. A su vez, el IFE y el resto de partidos políticos, incluidos los ganadores, fueron incapaces de una política mediática de control de daños, que fuera capaz de desactivar el alud de engaños, medias verdades y mentiras completas sobre las que se construyó el espantajo del supuesto fraude electoral.

Al invento de la versión de un supuesto fraude se sumaron los intelectuales y académicos que en desplegados habían anunciado su voto a favor de López Obrador, quienes pusieron imagen y prestigio al servicio no de la verdad, no de la razón, no de las instituciones y menos de la democracia, sino al servicio de sus causas personales, de sus frustradas ambiciones de poder.

El escándalo creció a niveles insospechados, de insensatez, al grado de que en este momento es difícil que la elección del 2 de julio, y el candidato que resulte finalmente ganador, sea quien fuere, difícilmente podrá gobernar ajeno al estigma de ilegítimo.

AMLO, el delirio

Pero conforme se desarrolla el proceso electoral, en medio de trompicones propios del descrédito, el mayor perdedor de esa inesperada historia es el candidato López Obrador, quien sin pruebas sólidas, sin elementos contundentes que confirmen su dicho de que hubo un fraude gigantesco, insiste en que resultó el ganador, proclama que fue víctima de un complot en donde los responsables son todos los seres vivos, desde los ciudadanos que llevaron a cabo la elección, los millones de electores que no votaron por él, sus compañeros de partido, las instituciones, los gobiernos del mundo y el gobierno mexicano, y hasta los astros.

López Obrador ha perdido la cordura, si no es que la razón, y en la más reciente entrevista radiofónica -como si no hubiera sido suficiente con la exhibición penosa que ofreció en televisión, en el más escuchado noticiero de Televisa-, dijo que no reconocerá su derrota, aun si el Tribunal Electoral lleva a cabo en recuento, voto por voto. ¿Por qué no aceptará? Porque es el elegido, el mesías, el que llegó a la tierra, a Tabasco, a México, para salvar a los pobres de su postración. Se confirma que López Obrador no pretendía una elección, que no es un demócrata, que cree que debe ser presidente por aclamación. Cree en la monarquía, en donde la popularidad y la aclamación hacen al rey.



López Obrador confirma lo que se dijo aquí y en muchos otros espacios respecto a que su desmedida ambición de poder era un riesgo alto para la democracia mexicana. Y es que parece dispuesto a dinamitar el frágil puente de la democracia electoral mexicana, por donde los opositores cruzaron para acceder al poder. Pretende el descrédito de las instituciones electorales, intenta una concertacesión al viejo estilo del PRI, y hasta ha llegado al extremo de declarar que todo es malo, porque él no ganó.

Y no son pocos de quienes creyeron en su discurso, que hoy han llegado a la conclusión de que es víctima de un delirio de persecución. Una encuesta reciente muestra que si hoy fueran las elecciones, una vez que ya AMLO se exhibió como lo que siempre ha sido, lo colocaría por debajo de Calderón por más de 10 puntos de diferencia.

El descrédito de AMLO es sólo cuestión de tiempo. Pero el daño que le ha hecho a la confianza en las instituciones lo colocará como lo que siempre negó, como un peligro para México. Al tiempo.

El PRI y Elba

Por cierto, al final de cuentas el PRI echó de sus filas a la profesora Gordillo. Otro partido, y otro candidato, que hacen el ridículo. Parece que nadie en el PRI fue capaz de pensar que le hicieron el mayor favor de su vida a la lideresa del magisterio.

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