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Seguimiento del paso de este populista antes de las elecciones en México, los complós y demas sueños guajiros.


Lectura sin desperdicio...Y es de darnos pena...

Y que reposteare, para que no se pierda tan rapido en el limbo periodistico. Del Raymundo Rivapalacio en el Universal.

La corrupción somos todos


El gobierno canadiense de Paul Martin cayó este lunes en medio de acusaciones de corrupción. El presidente Luis Inazio Lula da Silva no ha terminado de salir de una zona de alta turbulencia como resultado del involucramiento de su gente más cercana en actos de corrupción durante su campaña electoral. El vicepresidente de Estados Unidos, Dick Cheney, se está asando a fuego lento por un escándalo de corrupción y tráfico de influencias que ya le costó el cargo al líder de la Cámara de Diputados. La corrupción fue el fenómeno sociopolítico más importante del siglo pasado, y no parecería, en los albores de éste, que se modificará. Lo curioso es que este fenómeno que tanto cambió a tantas naciones, no ha tenido correspondencia en México. Al contrario, por alguna razón la sociedad mexicana es refractaria pese a que 77% de los mexicanos consideran que todos los funcionarios son corruptos, y 50% sabe de primera mano de casos de corrupción, según la última encuesta de la empresa chilena Latinobarómetro.

Por situaciones como la de los videoescándalos que mancharon la imagen impoluta del candidato del PRD a la Presidencia, Andrés Manuel López Obrador, se acabaron carreras políticas en otras latitudes. Ningún mandatario en el mundo que se respeta, hubiera soportado una denuncia como la aguantó el presidente Vicente Fox sin mayor problema, cuando se reveló la existencia de su rancho secreto en Guanajuato, construido a base de favores. Una esposa como la que tiene, Marta Sahagún, se habría hundido junto con su esposo, si le hubieran difundido las irregularidades financieras de la Fundación Vamos México y la red de negocios que al amparo del poder han construido sus hijos.

Un diputado revela la lista de legisladores que aceptaron de las compañías tabacaleras viajes pagados a Europa a cambio de su voto en contra de aumentar impuestos a los cigarros, y lo acusan de lunático y de querer esconder con esas actitudes, conflictos internos dentro del PAN. Una alta funcionaria de la Secretaría de Gobernación es destituida porque el propio gobierno federal le encontró desvío de fondos para damnificados de huracanes, y el PAN, de donde es distinguida militante, la defiende y acusa a los acusadores. Esto es peor que lo que hizo López Obrador cuando se descubrió que sus operadores financiero y político estaban metidos en raros negocios con un empresario, y devolvió el golpe argumentando que se trataba de un complot.

¿Por qué se da eso en México y con los mexicanos? Los niveles de tolerancia de la corrupción son muy elevados, rayando a los niveles de escudos de impunidad. Obedece a una cadena de complicidades, conscientes e inconscientes, donde las instituciones que, supuestamente, deben guardar equilibrios y servir de contrapesos, no funcionan. Si uno revisa la mecánica sobre cómo se dieron las denuncias, verá que el primer paso lo dieron los medios. Y luego, ahí se quedó. Los medios movilizan a las instituciones, como lo hicieron las denuncias del diario The Washington Post cuando se topó con Watergate, o Le Canard Enchainée cuando descubrió que un emperador africano había regalado diamantes a un presidente francés y un corredor de bienes raíces casi le obsequió un departamento en París a un primer ministro. En Estados Unidos la prensa movilizó al Congreso, y los legisladores a la Suprema Corte, que finalmente decidió la suerte del presidente Richard Nixon. ¿Por qué? Los mexicanos de carne y hueso se quejan, pero hay algunos elementos muy profundos, del sique cultural, que permiten suponer que la corrupción tiene un carácter relacionado con la personalidad de los mexicanos. Es decir, nos quejamos profusamente de la corrupción pero, ¿nos hemos preguntado autocríticamente cuántas veces incurrimos en ella? Hay un problema real con las instituciones y los políticos, pero buena parte de que permanezcan impunes obedece a que la sociedad que los critica es pasiva, porque la corrupción también es parte de su estilo de vida. Casi la mitad de los mexicanos admite haber intentado dar una "mordida". El comercio ambulante, un ejemplo empírico de corrupción, es estimulado por las autoridades y alimentado por nosotros, los consumidores. La "piratería" es un recurso ordinario, lo mismo que la apología de la corrupción. O ¿no venden placas de legisladores, médicos o policías que fomentan el influyentismo y la corrupción? No nos asustemos de lo extendida de la corrupción, cuando nosotros mismos somos parte de este sistema de organización social. ¿Queremos avanzar? Podemos comenzar por nosotros mismos. Daríamos un gran paso.

rriva@eluniversal.com.mx



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